Revista Mensaje N° 706. «Política: Razones para el recambio»

¿Qué puede explicar que nuevas generaciones asuman el relevo y otras se hayan perdido en el camino?

Desde la irrupción de grupos ajenos a la política tradicional (como la Lista del Pueblo, en el caso de la Convención Constitucional, y del Partido de la Gente, en el caso del Congreso Nacional), hasta una segunda vuelta presidencial entre dos candidatos que no pertenecen a los partidos previamente dominantes (sin mencionar el tercer lugar de un candidato que no estuvo en suelo chileno), poco hace pensar que este fue un ciclo electoral similar a los anteriores. Otro aspecto imposible de obviar refiere al salto generacional de un presidente, y de una generación de presidentes nacidos antes de 1955 (1) a uno nacido en 1986 sin escala en las generaciones intermedias. ¿Qué puede explicar el que varias generaciones políticas se hayan perdido en el camino, y no hayan podido llegar a la más alta magistratura del país?

Para articular nuestro argumento partiremos distinguiendo dos generaciones políticas. Por un lado, agruparemos bajo la etiqueta generación de la transición a las personas nacidas entre, aproximadamente, 1955 y 1965 (popularmente, referidos como generación Boomers II) y a los nacidos entre la mediados de la década de 1960 y 1980 (comúnmente conocidos como generación X). Ambas generaciones son transicionales en el sentido de que inician su trayectoria político-electoral con el Plebiscito de 1988 o justo después de este evento. Por otro lado, la generación post transición refiere al conjunto de individuos que nacen después de 1980 y cuya entrada al mundo político ocurre en un contexto de mayor consolidación democrática, particularmente después de las reformas constitucionales realizadas por el gobierno de Ricardo Lagos.

Nuestro principal argumento es que la reciente pérdida electoral de la generación de la transición obedece a determinadas coyunturas históricas, enteramente contingentes, que desencadenaron trayectorias políticas muy disímiles entre dos generaciones adyacentes. En otras palabras, no se trata de diferencias sociopolíticas intrínsecas entre ambas generaciones, sino más bien a un conjunto de eventos históricos que gatillaron caminos diferentes. Considerar estos eventos no solo ayuda a comprender el salto de una generación en la obtención reciente de la presidencia, sino también cierto nivel de innovación política, hasta la fecha, dispar entre ellas.

Es importante precisar bien el argumento. No se trata de que la generación de la transición ha sido irrelevante en la vida política nacional: existen muchos miembros, cada vez más, de esta generación que han ejercido o ejercen cargos políticos de alta relevancia. Basta recordar la primera presidenta y vicepresidente de la Convención Constitucional, Elisa Loncón y Jaime Bassa, respectivamente. El punto clave es desentrañar el salto de esta generación en el resultado de la reciente elección presidencial.

EL CHILE DE LOS 90 A INICIO DE LOS 2000

Un buen lente para comprender los cambios que atravesó Chile durante los primeros gobiernos de la transición es el debate entre autocomplacientes y autoflagelantes, abierto por el aumento de votos nulos y blancos, así como de la abstención en las elecciones legislativas de 1997.

En dicho debate, los autoflagelantes diagnosticaban un sentimiento de malestar en la sociedad chilena producto de un ordenamiento político caracterizado como una democracia de baja intensidad y tecnocrática, junto con una cultura consumista e individualista (2). Los autoflagelantes también reclamaban que la Concertación había simplemente aceptado el orden constitucional y económico heredado de la dictadura. Años más tarde, una multiplicidad de intelectuales y cientistas sociales vendrán a profundizar el diagnóstico acerca de una crisis del sistema político chileno: adolece de un sistema de partidos desenraizado (3), con prácticas internas pocas democráticas (4) y liderazgos enquistados (5); un sistema electoral que desfavorecía la rendición de cuentas y potenciaba el abstencionismo (6); movimientos sociales en reposo o simplemente desactivados (7), entre otros elementos más.

Los autocomplacientes, por su lado, guardaban mayor optimismo respecto tanto a la dirección que estaba tomando la coalición gobernante como la que estaba asumiendo el país. Desestimaban las críticas autoflagelantes, acusando un espíritu neoconservador y un diagnóstico carente de base empírica suficiente (particularmente, por parte del informe del PNUD de 1998) con el que “se hace un alegato político basado en un concepto confuso (el de malestar), sin una teoría que lo valide ni respaldo suficiente en los resultados de investigación” (8), poniendo el acento en el claro, aunque con ciertas limitaciones, progreso económico, expansión del consumo, y reducción de la pobreza del Chile de aquella época (9). Ahora, si bien los autocomplacientes tuvieron razón de destacar el desarrollo social de Chile, ello no lleva a desconocer necesariamente las limitaciones políticas del periodo (las que solo se agudizarían). Así, si el incipiente malestar diagnosticado por algunos intelectuales no tuvo un correlato político, bien se pudo deber a que no había un ambiente político propicio para tal canalización, como sí habría ocurrido a contar del 2011 a la fecha.

En este escenario, con incipiente aunque desarticulado malestar, ingresa al mundo político la generación de la transición que, en teoría, habría estado llamada a recibir la posta desde la generación anterior, protagonista de la lucha contra la dictadura. Siendo su primera tarea la de contribuir a la consolidación de la naciente democracia, se incorpora a las labores de gobierno. Esta incorporación redundó en que numerosos miembros de esa generación desarrollaran buena parte de su vida política menos vinculados con organizaciones y movimientos sociales que con el aparato estatal, al tiempo en que la legitimidad del sistema político (ya sea capturada a través de la participación electoral o del nivel de confianza política), comienza a erosionarse vertiginosamente. Podríamos decir —parafraseando a Weber— que la principal tarea de la generación de la transición a fines de los 90 y en la década del 2000 fue la de rutinizar el carisma conquistado por la generación anterior, y así su trayectoria quedaría íntimamente unida al eventual éxito o fracaso político de la de los gobiernos y partidos de la Concertación.

LA IRRUPCIÓN DEL MALESTAR

Desde mediados de los 2000 comienza a haber un aumento en las protestas, así como del número de personas que participan en ellas (10). A partir del 2006, con el “Movimiento Pingüino”, estas movilizaciones comienzan a tener una amplia resonancia en el espacio y la discusión pública. Estos nuevos movimientos sociales lograron articular no solamente demandas sectoriales, sino que también comienzan a apuntar hacia demandas estructurales, por denominarlas de alguna forma, y a hacer una crítica frontal al modelo de desarrollo y social chileno, especialmente en lo que refiere a la desigualdad y al vínculo entre dinero y política.

Si bien la Concertación logró reducir de manera espectacular la pobreza en el país, la desigualdad se mantuvo tozudamente alta (a pesar de una leve baja). A contar del 2006, pero mucho más decididamente a partir del 2011, la desigualdad del país comienza a ser fuertemente cuestionada por los movimientos estudiantiles, al identificar al sistema educacional chileno menos como un mecanismo de movilidad que como un mecanismo de reproducción de las desigualdades. Pero a partir de las movilizaciones del 2011 también comienza a ser cuestionado el ordenamiento político general del país en general, y el rol de los partidos de la centroizquierda tradicional, en particular. En efecto, para estos nuevos movimientos sociales los partidos de la centroizquierda no son vistos necesariamente como sus aliados, al tiempo que el sistema político en general apareció como indefectiblemente favorable al sistema neoliberal (11). Esta imagen de colusión solo se extremó con la revelación de los casos de financiamiento irregular de la política descubiertos a partir del 2015, siendo particularmente simbólico para la centroizquierda el caso SQM, en donde la firma dirigida por Julio Ponce Lerou, exyerno de Pinochet, financió campañas políticas de candidatos de este sector político por medio de boletas ideológicamente falsas. A partir de este caso, varios rostros emblemáticos y prometedores de la generación de la transición se vieron particularmente dañados, por ejemplo: Rodrigo Peñailillo (quien debió renunciar a su cargo como ministro del Interior del segundo gobierno de Michelle Bachelet) y Carolina Tohá (quien era presidenta del PPD cuando se habrían realizado los pagos irregulares por parte de SQM).

En este contexto de aumento de las movilizaciones, de creciente erosión político-institucional, de casos en que la colusión entre poder político y económico se explicitaba, pero también de un orden normativo más democrático, es que emerge y adquiere protagonismo la generación post transición. Y es en este contexto donde esta generación da pie, por un lado, a la renovación del escenario político por medio de la creación de nuevos partidos y movimientos políticos, haciendo frente al encapsulamiento de los partidos políticos tradicionales y apostando a la creación y/o mantención del vínculo entre estos nuevos referentes y los distintos movimientos sociales. Asimismo, articuló una nueva narrativa que con mayor o menor agresividad revisa lo hecho (o no hecho), positiva o negativamente, durante los gobiernos de la Concertación, acusando a ratos a esta última de meramente haber administrado el modelo heredado de la dictadura, y en el mejor de los casos haberle dado un “rostro humano” (12). De este modo, la generación post transición liderada por nuevos referentes, como Gabriel Boric lograría desarrollar una épica propia, a diferencia de sus predecesores, a saber: la de terminar con el modelo heredado de la dictadura en sus distintas dimensiones, y reponer el vínculo entre partidos políticos, particularmente los de izquierda y centro izquierda, y movimientos sociales.

LA GENERACIÓN DE LA POST TRANSICIÓN

La generación de la transición también trató de hacer una revisión de los gobiernos concertacionistas, revincularse con los movimientos sociales (quizás, en parte, eso explica la incorporación del Partido Comunista a la Nueva Mayoría), y generarse una épica propia. Sin embargo, los esfuerzos rápidamente se vieron frustrados, principalmente por el ya mencionado caso SQM y por el caso Caval, en donde la imagen de la entonces presidenta Michelle Bachelet y la evaluación del gobierno cayó de manera estrepitosa, provocando una descomposición de la alianza de gobierno. En esa medida, el naciente Frente Amplio lograba presentarse como una generación que no cargaba con el peso de estar “comprado” por grupos económicos (13), y con una real vocación de cambiar el modelo neoliberal. En cambio, los miembros de la generación de la transición, al carecer de lazos con organizaciones sociales, al pertenecer a partidos con élites políticas casi inamovibles, y verse salpicados, si es que no derechamente involucrados, por casos de financiamiento irregular de campañas políticas, solamente podían echar mano a sus experiencias en el aparato gubernamental durante unos gobiernos que estaban siendo duramente cuestionados por la opinión pública (14).

En suma, la generación de la transición se constituye políticamente a partir de dos coyunturas: un periodo histórico de crecimiento económico y expansión del consumo, pero con un creciente deterioro de las instituciones políticas, y una incorporación temprana al aparato estatal que truncó sus vínculos con organizaciones sociales y la asoció indisolublemente con las luces y sombras de la Concertación. El eventual involucramiento, directo o tangencial, con casos de corrupción política fue el golpe letal. Por otro lado, la generación post transición emerge desde un contexto histórico temporalmente cercano a sus antecesores, pero radicalmente diferente en términos políticos. Nacen de distintos movimientos sociales, particularmente el estudiantil del 2011, y articulan su identidad y narrativa en oposición desgastados partidos políticos tradicionales. Libres de los males que recayeron sobre sus antecesores, gozan de las condiciones efectivas para crear nuevos referentes políticos y paquetes ideológicos desde donde poder actuar políticamente en forma coordinada y con un propósito claro. Irónicamente, sin la generación de la transición, es difícil que haya podido emerger la generación post transición. Ahora, ¿está la generación de la transición definitivamente perdida? ¿Se perderá en algún momento a la generación post transición? Solo el tiempo lo dirá. Cuando se trata de coyunturas históricas, no hay nada escrito sobre piedra. MSJ

(1) Según el orden de las presidencias, Patricio Aylwin nació en 1918, Eduardo Frei Ruiz-Tagle en 1942, Ricardo Lagos en 1938, Michelle Bachelet en 1951 y Sebastián Piñera en 1949.
(2)  Tomás Moulian, Chile Actual: Anatomía de Un Mito, Colección Sin Norte (Santiago: Arcis Universidad, 1997).
(3)  Juan Pablo Luna and David Altman, “Uprooted but Stable: Chilean Parties and the Concept of Party System Institutionalization,” Latin American Politics and Society 53, no. 2 (June 2011): 1–28.
(4)  Patricio Navia, “Legislative Candidate Selection in Chile,” in Pathways to Power: Political Recruitment and Candidate Selection in Latin America, ed. Peter Siavelis and Scott Morgenstein (University Park: Pennsylvania State University Press, 2008), 92–118.
(5)  Matías A. Bargsted and Luis Maldonado, “Party Identification in an Encapsulated Party System: The Case of Postauthoritarian Chile,” Journal of Politics in Latin America 10, no. 1 (2018): 29–68.
(6)  Peter Siavelis, “Elite-Mass Congruence, Partidocracia and the Quality of Chilean Democrac,” Journal of Politics in Latin America 1, no. 3 (2009): 3–31.
(7)  Nicolás M. Somma and Rodrigo Medel, “Shifting Relationships between Social Movements and Institutional Politics”, in Social Movements in Chile (Springer, 2017), 29–61.
(8)  José Joaquín Brunner, “¿Malestar En La Sociedad Chilena?: ¿De Qué, Exactamente, Estamos Hablando?,” Estudios Públicos, no. 72 (1998), p. 194.
(9)  Claudio Sapelli, Chile: ¿Más Equitativo?: Una mirada a la dinámica social del Chile de ayer, hoy y mañana (Ediciones UC, 2019).
(10) Somma and Medel, “Shifting Relationships between Social Movements and Institutional Politics”.
(11) Sofía Donoso, “‘Outsider’ and ‘Insider’ Strategies: Chile’s Student Movement, 1990–2014,” in Social Movements in Chile: Organization, Trajectories and Political Consequences, ed. Sofía Donoso and Marisa von Bülow, Palgrave (Springer, 2017), 65–97.
(12) Fernando Atria, Veinte Años Después, Neoliberalismo Con Rostro Humano (Editorial Catalonia, 2013).
(13) Durante la campaña presidencial del 2021 no era extraño que Gabriel Boric citara las estrofas de la canción Los Salieris de Charly de León Gieco sobre la juventud: “Dicen la juventud no tiene para gobernar experiencia suficiente. Menos mal, que nunca la tenga, experiencia de robar. Menos mal, que nunca la tenga, experiencia de mentir”.
(14) Basta recordar los constantes esfuerzos de Yasna Provoste, durante la última campaña presidencial, de diferenciarse de la propuesta de Gabriel Boric por medio de la promesa de la gobernabilidad y de la experiencia en el aparato público que tendría el sector que ella representaba.

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Fuente. Artículo publicado en Revista Mensaje N° 706, enero-febrero de 2022.

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