Revista Mensaje Nº 708. «Afrontar la violencia escolar»

A lo menos una veintena de comunas del país registró episodios de acciones violentas en sus establecimientos educacionales, con una alta repercusión, tras reiniciarse las clases: dentro de esa cifra, hubo más de 270 denuncias formales de maltrato físico y psicológico entre alumnos.

Diversos hechos de violencia y casos de maltrato entre escolares marcaron en marzo pasado, en algunos colegios y escuelas del país, el retorno a la presencialidad. Aunque se ha aludido al largo tiempo de confinamiento durante la pandemia como motivo para esas tensiones, los especialistas han señalado que las explicaciones se vinculan con razones mutifactoriales. Coinciden en que ha habido un aumento de situaciones respecto del año pasado. Y, en ese contexto, muchos celebran la inédita iniciativa del Ministerio de Educación de crear un Consejo de Bienestar y Convivencia para convocar a un diálogo amplio.

Sobre esta materia invitamos a conversar a Bernardita Yuraszeck Krebbs, profesora con un magíster en Liderazgo Educativo, que actualmente es directora ejecutiva de Impulso Docente. Esa experiencia la hace contar con una significativa experiencia enseñando y acompañando en contexto de vulnerabilidad.

También contamos con Jorge Varela Torres, psicólogo y doctor en Filosofía con mención en Psicología Educacional. Es el director del Centro de Estudios de Bienestar y Convivencia Social de la Universidad del Desarrollo. Entre las materias a las que ha dedicado tiempo está la de Diagnóstico y Diseño de Intervención en Contextos Educacionales. 

Juan Cristóbal Beytía S.J. (J.C.B.): Quisiéramos abordar el tema de la violencia y la agresión entre escolares. Hemos visto en las redes sociales y en la televisión muchas escenas que preocupan. ¿Qué podrían decirnos ustedes acerca de las causas del incremento de este fenómeno?

Bernardita Yuraszeck (B.Y.): Es evidente que este es un escenario nuevo después de que durante dos años muchas niñas y niños pasaron mucho tiempo en sus casas, con poca exposición hacia otros pares —no hay que olvidar que las habilidades sociales se aprenden estando con otros— y que han estado con falta de reglas y rutinas. Nosotros trabajamos con directores y profesores de distintos lugares del país y ellos nos han advertido de las complejidades que están teniendo ahora en sus relaciones con los apoderados, lo cual es un factor que incide en el estrés y en el desempeño de los docentes. Sin duda, sí hay mayor irritabilidad y tenemos que atender también a los adultos en una etapa de regreso a la presencialidad, proceso que es bastante inédito.

ESTRÉS DOCENTE Y DEPRESIÓN ESCOLAR

Jorge Varela (J.V.): Efectivamente, desde el regreso a clases, hemos presenciado hechos de extrema agresión, hechos de violencia en el contexto escolar que no habíamos visto tanto en un período tan breve. No en un solo mes. Efectivamente, hay más casos que antes de la pandemia, pero todo esto es de una complejidad tal que no es riguroso aseverar si ha habido un aumento de casos de violencia. Históricamente en los colegios han sido de baja prevalencia y han tendido a concentrarse en ciertos contextos donde hay otros factores de violencia.

Ahora bien, la violencia puede definirse desde distintos marcos teóricos. Desde la psicología social, consideramos un marco que refiere al constructo de “agresión”: esta última es una conducta humana, casi natural, eventualmente adaptativa en algunos contextos ecológicos, e incluso funcional, como la sobrevivencia de la especie humana. Y este comportamiento tiene distintos subtipos. Un subtipo es el acoso escolar. Otro es el ciberacoso. Un tercer subtipo es la violencia, que es una forma de agresión extrema, generalmente asociada a agresiones físicas o porte de armas, delitos o lesiones, lo que se vincula con otros marcos de referencia, como la seguridad ciudadana o la criminología. En atención al contexto escolar, es importante visualizar variables del entorno que incrementan la posibilidad de episodios de agresión y, allí, lo que dice Bernardita es clave: importa cómo están nuestros profesores. Hicimos en la UDD, durante la pandemia, dos estudios nacionales de bienestar docente. En el último, en una muestra de tres mil profesores observamos altos niveles de estrés, ansiedad, percepción de poco apoyo emocional. Se observaron en general condiciones bien poco prometedoras para los profesores del país. Nuestros estudios de salud mental en la población infanto-juvenil nos han informado que un 30 a 40% de adolescentes y jóvenes han estado con síntomas de depresión. Esto, en el contexto escolar, hace poco promisorio actuar si no se contiene lo que pasa a los distintos actores. Y se añade otro factor de complejidad, cual es comenzar, ahora, en marzo de 2022, a administrar la pandemia en colegios que no estuvieron presencialmente en dos años: ¡Imagínense en un recreo intentando que se pongan la mascarilla quinientos niños! Hay condiciones que ayudan a entender lo sucedido.

Por otra parte, es cierto que hay conductas violentas que se explican por atributos individuales, por componentes emocionales, pero también hay uno cognitivo, que tiene que ver con libretos de comportamiento y creencias asociadas a responder violentamente… Al choro, choro y medio… Si hay problemas de autorregulación y, además, creencias muy violentas y una sala de clases donde hay cultura de la violencia y machismo, donde hay profesores estresados que disponen de poco dominio sobre cómo supervisar espacios o fortalecer el clima, se puede explicar lo que se está dando. Y son atributos que, por otra parte, también ayudan a visualizar por qué hay colegios donde no se observa violencia.

[restrict paid=true]A FENÓMENOS COMPLEJOS, SOLUCIONES COMPLEJAS

J.C.B.: ¿Podríamos de alguna manera, a efectos prácticos para quienes tienen responsabilidades en los colegios, sintetizar las causas de la violencia escolar que puedan ser abordadas por parte de la comunidad escolar o el Ministerio de Educación? 

J.V.: Es difícil decir cuál plan de intervención es más importante que otro. Lo que podemos decir es que, a fenómenos complejos, soluciones complejas. Los programas exitosos en el mundo —PPS en Estados Unidos, KiVa en Finlandia, etc.— son sistemas de muchos años y trabajan todos los niveles con los docentes, con las áreas comunes, con los recreos, etc. Históricamente, en Chile los mayores niveles de violencia se dan en los lugares en que hay menos supervisión. Sin embargo, junto con eso, hay estudiantes que necesitan un apoyo más focalizado y por eso las intervenciones combinan la intensidad con la cobertura. No se dice “voy a escoger un aspecto”, “voy a trabajar con la familia”, “voy a trabajar con el alumno problema”. Y existe a veces la tentación de apartar al alumno-problema, que es la solución más seductora, pues se piensa que este alumno es como la manzana podrida y que si lo sacamos se soluciona todo. Esto último ha sido descartado por los programas de intervención que han sido efectivos, demostrándose que, si se le aparta a él, otros asumirán su rol. No se trata de implementar un trabajo dirigido únicamente al individuo, sino que se debe trabajar con las salas de clase, los grupos de curso o las familias. Son las aproximaciones integrales y sistémicas las que han hecho disminuir la prevalencia de las conductas de agresión.

J.C.B.: Es decir, se requiere ir abordando los contextos particulares, aunque sin suprimir ninguna de las variables que los conforman.

J.V.: Quizás se comience con uno, pero después se debe abordar un segundo nivel de intervención, y luego otro. Está el triángulo del que se habla en salud pública: salud, primaria, secundaria y terciaria. Si, por ejemplo, modifico mi currículum y tengo un programa para todo el colegio, entonces he establecido un programa de alta cobertura, aunque de poca intensidad para estudiantes con problemas emocionales severos. En ese sentido, se necesita un dispositivo de mayor intensidad, aunque de menor cobertura, para un apoyo focalizado a ese grupo de estudiantes. En Colombia, se ha optado por ir todas las semanas a las casas de quienes son estudiantes con problemas. Algunos programas estadounidenses forman un consejo que da a estos un apoyo individualizado semanal, realizando una tutoría de un semestre. En Chile, la JUNAEB deriva a instancias de salud mental, en las que tienen apoyo médico. Los profesores no son terapeutas, pero tienen la posibilidad de implementar talleres para focalizar la ayuda a determinados estudiantes.

B.Y.: Hemos visto en los colegios donde hemos hecho un programa de aprendizaje socioemocional que hay carencias evidentes. El profesor jefe tiene muchas veces una hora de orientación en la que, por ejemplo, trabaja la empatía, pero no hay suficiente coordinación respecto de eso con las otras actividades de la escuela. Entonces faltan estrategias para que los profesores puedan efectuar labores colaborativas que ayuden a la convivencia escolar. Es importante que lo que se trabaje en la hora de orientación tenga cabida en el día a día y, así, tenga mayor impacto. Sería interesante que todos los profesores adquieran estrategias para habilidades socioemocionales para fomentar la colaboración y la comunicación, la escucha activa, así como estrategias de autorregulación para que los estudiantes puedan conducir sus emociones. En esto hay una carencia en la formación docente y debemos abordarla. Nuestra intervención parte con trabajar las habilidades socioemocionales entre los adultos de la comunidad, para luego aprender estrategias para trabajarlas con los estudiantes y cerrar buscando la coherencia de todas las acciones que se están realizando en el colegio, inspirados en facilitar la prevención. En este contexto, no sé si hemos tomado suficiente conciencia sobre cómo los profesores son agentes de salud mental.

Efectivamente nuestros niños pasan muchas horas en el colegio y en ambientes positivos donde puede haber respeto y donde pueden estar tranquilos, no se sienten amenazados y hay seguridad. Son factores muy protectores para la salud mental. Sin embargo, a los profesores les otorgamos pocas herramientas y desde la política pública ponemos poco foco al tema de brindar condiciones en la sala de clases. Habrá casos más complejos para los cuales habrá que convocar a otras instancias, de manera de que el establecimiento de equipos psicosociales y de otra índole disciplinaria vaya en la dirección correcta.

EL ACOSO ESCOLAR CIBERNÉTICO

J.C.B.: Hay una manifestación particular de la violencia entre los estudiantes que probablemente se vio reforzada en la pandemia , que es el  ciberacoso, y  que nuestras relaciones se virtualizaron bastante.

J.V.: Nosotros investigamos el acoso escolar cibernético o ciberacoso. No podemos saber si la prevalencia aumentó o si simplemente aparece más alta porque han aumentado las horas de consumo de Internet. Durante la pandemia nos preocupó que, más que el aumento de uso de redes sociales, había un alto reporte de agresiones por las redes sociales: Whatsapp, Instagram, Facebook. Este factor hacía link directo con el aumento de índices de depresión. Eso nos preocupaba. A mayor victimización, mayores señales de depresión, lo que era una alerta importante. Históricamente, en la literatura sobre ciberacoso se da la pregunta acerca de si esto es un tipo de acoso escolar más y simplemente es un tipo de virtualidad. Según otros autores, esto es otro tipo de agresión en sí misma, porque es particular, es única, tiene atributos específicos y no necesariamente se mantienen los atributos del acoso tradicional. Se puede no estar presente para agredir a otro, o bien se puede hacer victimización 24/7 porque se pueden subir imágenes en cualquier momento y las redes sociales las replican por sí solas.  ¿Cómo se mide la frecuencia? ¿Cómo se mide la intensidad? ¿Cómo se mide la audiencia?

La discusión importante para nosotros es qué tiene que ver con el acoso, porque son episodios que ocurren fuera de los horarios de colegio y las comunidades escolares se enfrentan siempre a esa tensión. La concurrencia del acoso con el ciberacoso es altísima. Ocho de cada diez niños en Chile que son víctimas de ciberacoso también son víctimas de acoso.

J.C.B.: ¿Cómo se afronta eso en conjunto con la comunidad escolar?

J.V.: Hay que trabajar ambas áreas porque están relacionadas. Cuando a un alumno lo están molestando en la sala de clases, seguramente también es víctima de acoso virtual, o bien es un alumno que es excluido y no lo está pasando bien en la comunidad escolar. Al Superintendente de Educación generalmente le han criticado que se formulan malas definiciones, pero hay una frase del superintendente que cito siempre: Lo que nos tiene que movilizar no es finalmente la definición del constructo —si es acoso o si es ciberacoso, si es en la casa o si es en el colegio—, sino que lo que nos tiene que movilizar es que hay un miembro de nuestra comunidad escolar que lo está pasando mal. Ese es el espíritu que debe movilizar a todos los protocolos. Es el espíritu del debido proceso.

B.Y.: No hay que ponerse a la defensiva cuando se aborda esta materia, pues no es culpa de los profesores. Es un tema que está muy instalado en los docentes porque los problemas sociales, mal que mal, convergen todos en la sala de clases. Por lo mismo, la sala de clases es un buen lugar para propiciar cambios en la convivencia. Es interesante detenerse en ese punto y ver cómo la comunidad educativa puede gestionar a los adultos que estamos a cargo de formar a los estudiantes. Se trata de tocar este tema de manera colaborativa y, si un profesor está atento al tema del acoso, debe tener a los demás profesores también atentos al tema. El liderazgo pedagógico y colaborativo al interior de la comunidad educativa, en ese sentido, es clave, lo que conlleva la tarea de ocuparnos de los docentes y de cómo involucramos a los apoderados. A estos hay que hacerles partícipes de las soluciones.

ACOSO CON COMPONENTES SEXUALES

J.C.B.: Otro fenómeno que se ha dado es la aparición de acciones de acoso con componentes sexuales. De hecho, hubo una manifestación de alumnas universitarias en el centro de Santiago. El retorno de la presencialidad, ¿es un factor que contribuye a eso? Y otro tema es el del comportamiento de manada, que se ha observado cuando de algunos colegios llegan a funar a otros. Podría decirse que busca hacerse justicia por mano propia, ya que no ven otro mecanismo accesible.

B.Y.: Con este tema, se mezclan otros fenómenos, como la educación de la mujer sobre sus derechos. Y no me atrevería a decir que antes esto no sucediera. Probablemente, esa mayor educación ha ayudado a que haya más conciencia respecto de que suceden esos actos y que hay que reprobarlos. No sé, por otra parte, si los adultos a cargo de la educación hemos tomado real conciencia del cambio generacional que hay allí, cuestión que es clave para canalizar bien estas situaciones, mediante protocolos o mediante diálogos que pueden compartirse en las salas de clase. Que este temática no se aborde, hace que se den los episodios que debemos rechazar. Podemos llegar a los equipos directivos para tratar este tema, otorgándoles determinadas herramientas. Durante la pandemia podríamos haber pensado que todo esto está en pausa, pero las redes sociales no se detuvieron y es necesario trabajar para adaptar protocolos y avanzar en este ámbito. El otro día, un director me decía súper angustiado: Llevamos veinte años educando con las mismas formas de manifestarnos y resulta que lo que hace tres años no era tema ahora puede representar una bomba atómica en un colegio cuando el profesor hace una determinada broma. Hay que trabajar en los protocolos en esos casos, en los procesos y en las conversaciones de manera que las comunidades se conduzcan adecuadamente.

J.V.: Complementando lo que dice Bernardita: lo que hemos visto de las manadas, y que va de la mano con movimientos de reivindicación de derechos y de mayor conciencia sobre ciertos tipos de comportamiento, es parte de un modelo explicativo. Sin embargo, las agresiones sexuales o las agresiones basadas en el género o las de un hombre contra una mujer, por ejemplo, pueden responder también a estos mismos modelos explicativos. Hace ya algún tiempo hemos estado investigando sobre la violencia en el pololeo. Tratamos de probar las mismas hipótesis que tratamos de probar para el abuso escolar: atributos individuales o atributos relacionados con las creencias en torno al género. Hace unos años hicimos un estudio respecto del machismo. Y, efectivamente, cuando un adolescente hombre o mujer es más machista, tiende a ser más violento. O cuando en las relaciones de pareja hay ciertas creencias que validan cierto comportamiento, con problemas de regulación, entonces hay más violencia con la pareja. En ese sentido, sería interesante ver cómo ciertos atributos del contexto pueden permitirnos predecir ciertas conductas de violencia de género.

LA INICIATIVA MINISTERIAL

J.C.B.: Está la comisión que creó el Ministro de Educación sobre bienestar y convivencia, en donde seguramente se plantean estrategias a distintos niveles, algunas más inmediatas y otras a más largo plazo.  ¿Cómo observan esa iniciativa?

B.Y.: Hay muchas cosas para hacer y es prioritario que nos lo tomemos en serio porque, si en los colegios no convivimos en cierta armonía, se deteriora toda la base de convivencia de la sociedad. A ese respecto, es cierto que esto puede haberse agravado por la pandemia, pero no hay que descuidar el hecho de que la violencia ya venía de antes y que hay factores de violencia estructural que hay que atender de una manera específica. Las soluciones a estos temas no son rápidas ni son de corto plazo. A veces, desde los colegios nos llaman para pedirnos tres o cuatro tips que les permitan trabajar en el tema, pero el trabajo en esto requiere de diálogos y del logro de ciertos consensos, de nuevas maneras de relacionarnos y formarnos en estos temas. Junto con eso, se debe reconocer que la situación implica armonizar las decisiones que se adopten y mantenerlas con perseverancia en el tiempo.

J.V.: En línea con lo que dice Bernardita, acá sumamos todos. En ese sentido, el Consejo que impulsó el ministro de Educación es muy valioso, entre otros motivos, porque permite escuchar a diversos actores, como el Colegio de profesores, investigadores, organismos internacionales, etc., ofreciendo inputs para afrontar estos desafíos. Es difícil pensar que hay alguien que tenga la solución a esto. Llevo veinte años estudiando la materia y creo que lo que se puede hacer es ir construyendo mejoras, no aspirar a que haya una solución pronta y aplicable a todo. Pero, en comparación a como era nuestro país hace quince o veinte años, podemos concluir que los avances han sido sustantivos. Hoy existen, por ejemplo, encargados de convivencia escolar. Los que ahora somos más viejos podemos recordar que, en nuestra época de colegio, con suerte teníamos un orientador. Con suerte, había algunos colegios preocupados de temas emocionales. Y hoy es súper interesante que tengamos un Ministerio de Educación que declare que esto es un tema relevante y prioritario. Destaco que el título de ese Consejo es “Estrategia de Bienestar y Convivencia”. Yo nunca había escuchado el impulso a una política pública en educación que llevara ese título. Entonces, lo veo bien promisorio. Además, es urgente actuar, pues que haya estudiantes portando armas es un hecho que hay que resolver hoy. No podemos esperar a fin de año para actuar: un colegio así necesita apoyo hoy, y lo necesita desde distintas disciplinas y también con apoyo comunitario, porque ese alumno consiguió el arma en algún lado. Así, se está pensando en una serie de ejes transversales que fortalezcan las dimensiones que tiene esta problemática.

J.C.B.: Bernardita, has enfatizado mucho el tema de la educación socioemocional. ¿Cuál es tu experiencia en La Pintana o en tu tarea de acompañar profesores a lo largo de Chile?

B.Y.: Nos ha importado ocuparnos de las habilidades interpersonales e intrapersonales. El trabajo sobre la regulación socio emocional, como la autorregulación, auto conciencia. Nosotros trabajamos con el modelo de CASEL, que es un referente internacional en este tema, y hemos adaptado este modelo al contexto chileno. También estamos en proceso de medición para ver cómo esto genera cambios en las comunidades educativas. Pero lo que hemos visto es que es un factor crítico que los docentes trabajen en lo personal y entre ellos, de manera de elaborar habilidades de colaboración y de escucha activa, atendiendo a cómo generar discusiones que tengan un propósito y que conduzcan a algo. Luego, en la siguiente etapa, hacemos que se viva en el día, clase a clase, integrándolo con lo académico. Es útil cuando esto se integra en el día a día. Así como en el SIMCE se evalúa lo académico, en los últimos años se habían incluido otros indicadores que tienen alta importancia, que tienen que ver con autoestima, convivencia, salud, bienestar, etcétera. E importa ver también cómo equiparamos ambas cosas. Si no atendemos a lo socioemocional, va a ser muy difícil generar aprendizajes efectivos y superar el rezago que hoy existe en lectura o matemáticas, por ejemplo. Se requiere buscar un equilibrio en todo esto para lograr también un desarrollo integral del estudiante, evitar rezagos en él que en el futuro pueden ser causa de violencia también. No es fácil el panorama pero, como dice Jorge, hay evidencia de programas que han funcionado en otros lugares. Está además la disposición de las autoridades y las comunidades educativas están súper abiertas a innovar y aprender cosas nuevas.

J.C.B.: Si te interpreto bien, la pandemia no generó rezagos únicamente en lectoescritura, sino también en desarrollo socio emocional. Y afrontar esto es condición para alcanzar los contenidos más formales en el plano eminentemente académico.

B.Y.: Y no es que tenga que ser el uno o el otro, sino que tienen que ir de la mano. Equiparar los esfuerzos y los tiempos que debemos a ambas áreas es relevante. antes había una predisposición a priorizar lo académico. Sin embargo, ellas tienen que tener más importancia en el conjunto. Los Estados emocionales influyen mucho en la capacidad de que cada niño logre aprendizajes. Todo aprendizaje es social y emocional.     Los adultos que estamos a cargo de este proceso no siempre recibimos esa formación cuando estábamos estudiando en la universidad. Por eso, priorizarlo en la formación de los adultos es un elemento crítico. Quisiera complementar esto con la atención a los apoderados, que es otro elemento que nos trajo la pandemia. El nivel de involucramiento que han tenido los apoderados en el proceso educativo es una oportunidad para seguir incorporándolos en este quehacer. Tiene que haber una alianza y el colegio tiene que entregar herramientas a los papás para que se sumen.

J.C.B.: ¿Hay algún tema con el cual les gustaría cerrar?

J.V.: Quiero valorar la preocupación por esta materia. Es importante discutir de estos temas para que construyamos puentes y espacios entre todos y todas. Más que como un gran problema, quiero ver esto como una oportunidad potente, que se suma a lo que históricamente hemos ido avanzando. Las brechas que se nos vienen son más desafiantes. Las noticias que observamos sobre violencia escolar nos asustan, pero no son la generalidad de lo que ocurre en los colegios de nuestro país. Generemos estos espacios seguros para todos, para todas, y para todo, vale decir, para los profesores, los directivos y para las familias que están mucho más activamente participando.

B.Y.: Este es un fenómeno complejo y no hay soluciones únicas ni hay una persona que pueda solucionarlo todo. Se requiere múltiples actores actuando desde distintas perspectivas y disciplinas y siempre es importante reforzar la idea de que los docentes tienen un rol muy importante que cumplir, como también lo tienen todos los adultos que están a cargo de la formación y el desarrollo integral de niños, sumando energías para avanzar de cierta forma, sosteniéndolo en el tiempo. Se trata de mantenernos en esa disposición de aprender y compartir, porque mañana vendrán nuevos desafíos. MSJ


Fuente: Diálogo publicado en Revista Mensaje Nº 708, mayo de 2022.

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