Sebastián Lelio: el cine como camino a la dignidad

Se consolida la etapa de internacionalización en la carrera del cineasta chileno tras el Oscar obtenido por su película “Una mujer fantástica”. Esta obra premiada por la Academia estadounidense y la película “Gloria” parecen formar un conjunto que en abril tendrá una nueva expresión con la presentación del filme “Disobedience”.

Felipe Blanco

03 abril, 2018, 1:26 pm
9 mins

Pese a las excepcionales opciones que parecieran abrirse para Chile luego del Oscar a la Mejor Película Extranjera obtenido por Una Mujer Fantástica, el quinto largometraje de Sebastián Lelio, el único derrotero seguro es que el premio consolida, probablemente en forma definitiva, la internacionalización de la trayectoria del realizador entre Europa y Hollywood.

Para un director como él, que ha construido su obra a partir de la observación de las inconsistencias éticas de la clase media-alta liberal chilena, el cambio en el escenario cultural de sus historias plantea una incógnita en relación con cuánto de la virulencia en sus reflexiones sociales sobrevivirá en la nueva etapa de su cine. Una etapa que antes de la carrera por el Oscar, se inició con Disobedience, la coproducción inglesa-estadounidense que se estrena internacionalmente a fines de abril, y que prosigue con su remake anglo de Gloria (2013), actualmente en postproducción.

Por las referencias, pareciera haber en Disobedience una aproximación a ciertos núcleos culturales específicos de matriz conservadora —en este caso, una comunidad judío ortodoxa en Estados Unidos—, que han estado ya en la retina del resto de las películas del director.

Desde ese punto de vista, y por la concentración en personajes femeninos, la sexta película del director bien podría ser la prolongación de ese aparente díptico compuesto por Gloria y Una Mujer Fantástica en donde las nociones de pertenencia, de familia, de identidad y de dignidad —los pivotes dramáticos de casi todo su trabajo—, nuevamente se articulan aquí a partir de una pérdida.

LA PERIFERIA Y LA CIUDAD

En una taxonomía gruesa y sin duda arbitraria, el cine de Sebastián Lelio puede dividirse en dos grupos correlativos: el de sus largometrajes de entorno rural (La Sagrada Familia, Navidad y El Año del Tigre) y el de sus trabajos primordialmente urbanos (Gloria, Una Mujer Fantástica). En ambos escenarios se decanta un sentido de alerta sobre la condición de soledad de sus protagonistas. En el caso de sus tres primeras cintas, esta idea de desarraigo estaba impregnada en los paisajes de Tunquén, de Navidad y, especialmente, en los recovecos de Chillán después del terremoto de febrero de 2010, donde el asesino fugado de prisión intenta reencontrarse con su familia en medio de un caos humano y físico.

A medida que sus geografías se fueron desplazando desde la periferia del pueblo hasta la ciudad, su obra ha ido anclando progresivamente esa reflexión sobre la soledad en la contingencia social inmediata. Si en La Sagrada Familia y Navidad esa referencia tenía más que ver con las señas de pertenencia urbana de sus personajes y los desajustes con sus familias, con El Año del Tigre su cine comienza a orientarse a la observación de los modos y ritos de las capas liberales ilustradas de la capital, donde los conflictos de sus personajes no se establecen necesariamente entre clases, sino en el seno de las propias redes por las que estos circulan socialmente. Así, el cambio en la fotografía —de Miguel Joan Littin, en su tercer largometraje, a Benjamín Echazarreta en sus dos títulos siguientes—, refuerza la conexión de sus tipos humanos con un paisaje progresivamente más frío y agresivo.

REAL Y SIMBÓLICO

En principio, Gloria y Una Mujer Fantástica dan cuenta de procesos de autoconciencia y dignidad en mujeres de clase media alta y ambas también articulan ese hilo dramático esencial a partir de una pérdida afectiva: el abandono en la primera, la muerte de la pareja en la segunda. Las dos, a su manera, definen a sus personajes femeninos como puntos de contacto en los que se establece, por la vía de sus ansiedades y frustraciones, una confrontación con las estructuras sociales que les son adyacentes.

Ambas, también, confirman el talento del realizador en la dirección de actores y en una concepción de la escena y del plano que, a lo largo de sus cinco películas, ha decantado en un cuidadoso sentido de la precisión.

Que Una Mujer Fantástica sea, a la larga, menos lograda que Gloria se debe a que en ella afloran con mayor evidencia aquellas fuerzas, algunas veces contradictorias, que han estado presentes de manera transversal en los filmes de Lelio.

Aunque en una zona importante su cine se orienta hacia ese realismo adherido a la urgencia social, al mismo tiempo en él habita un circuito simbólico que parece intentar sobrepasarlo.

La vocación de su cine ha sido realista y en ese registro Lelio dio en La Sagrada Familia momentos notables de observación casi antropológica y, al mismo tiempo, instantes de puro convencionalismo metafórico —como el mutismo impuesto al personaje que interpreta Macarena Teke—, que le debían bastante menos a la causalidad del drama que a la necesidad de subrayar externamente la vacía relación entre el estudiante que encarna Néstor Cantillana y su verborreica familia.

Imágenes igualmente simbólicas y un poco sobrecargadas de sentido aparecen también en Navidad —la escultura de plástico que se agita al viento al final del filme— y por cierto en Gloria, donde se insertan referencias personales a cintas como Muerte en Venecia, de Visconti, o como el gato del vecino o el títere en la calle, que tienen la específica labor de explicitar el proceso de toma de conciencia de su protagonista.

Si bien en Una Mujer Fantástica el grado de subjetivación que alcanza el relato justifica licencias menos realistas, ello no redime la intención de remarcar la significación de algunos de sus pasajes. El letrero «Zona Sucia» en el hospital que recalca el punto de vista de la sociedad frente a Marina, las referencias al Buster Keaton de Steamboat Bill Jr., el reflejo reiterado de la protagonista en el espejo… son énfasis innecesarios que muchas veces impiden que la cinta respire libremente por la odisea reivindicativa del personaje de Daniela Vega.

Precisamente, algunos de los mejores momentos están en la ternura con que Lelio filma los diálogos entre Marina y su profesor de canto (Sergio Hernández), en la contención con que Sonia (Aline Küppenheim) sobrelleva sus primeros encuentros con ella, en la estatura moral que alcanza su personaje cuando corre desde la cima del cerro San Cristóbal y, en general, en el notable trabajo de Echazarreta en la cámara.

A pesar de la histórica acogida internacional de Una Mujer Fantástica, esta no es aún la gran película de Sebastián Lelio. Habrá que esperar la depuración de algunas de sus decisiones formales y esperar a ver cuánto puede afectarle el tránsito definitivo hacia el cine anglo. MSJ

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Fuente: Artículo publicado en la edición 667 de Revista Mensaje, marzo-abril 2018.

Crítico de cine. Académico Pontificia Universidad Católica de Chile.