Revista Mensaje N° 700: «Si camino no hablar…»

Estudios cualitativos en serie aportaron señales de la demanda de cambio político que se venía. En esos relatos, donde el diagnóstico de emociones es central, se señala cómo evolucionan las expectativas en el proceso constituyente. Crece la confianza, abriéndose paso una esperanza que emergió con las propuestas de cambio constitucional del año 2017.

La frase con que se titula este artículo era de un spot televisivo y se hizo icónica en los años ochenta. Un jefe indio ponía su oreja en el asfalto antes de cruzar un camino. Su oído no le permitía anticipar que venía un auto a gran velocidad con sus neumáticos silenciosos, que casi provoca un accidente a su familia, que lo acompañaba.

En los últimos dos años se reitera el que no lo vimos venir: pero tampoco quisimos escuchar ni, al menos, aguzar el oído. No escuchamos el murmullo que antecedió el estallido social. Tampoco el 80% del Apruebo en el plebiscito. Menos, el predominio de los independientes y de representantes de organizaciones sociales por sobre los candidatos de partidos políticos tradicionales en la composición de la Convención Constitucional.

El seguimiento y análisis de relatos que dan cuenta de la relación de las personas con la política es una metodología que en los últimos años ha ido ofreciendo pistas sobre lo que se ha venido incubando. Los aportes que han hecho Kathya Araujo, Juan Pablo Luna o Manuel Canales, entre otros, son revalorados a la hora de poner el oído en el asfalto y buscar alguna señal que vaya más allá de la foto semanal que nos aportan algunas encuestas sobre la opinión pública.

Desde 2016 realizamos estudios en busca de claves que vinculen relatos personales con la política. Algunos de ellos fueron en conjunto con el Laboratorio Constitucional de la Universidad Diego Portales (1) sobre abstención (2017), participación juvenil (2019) y cambio constitucional (en curso). Otros tienen que ver con reformas políticas en el marco de un proyecto del Ministerio Secretaría General de Gobierno (2015 a 2017). Se trata de paneles cualitativos: recogemos periódicamente lo que expresan sobre la actualidad noticiosa unos grupos de personas, que, para efectos del estudio, permanecen estables en el tiempo. Intentamos reproducir líneas argumentales con sus cambios, contradicciones y continuidades. Esta metodología permite mejores niveles de confianza entre los participantes y, por lo tanto, una mejor calidad de la información obtenida: la conversación fluye, cada uno expresa con más libertad lo que piensa, hay relación entre los participantes.

A lo largo de estos cinco años, en más de cincuenta de focus group realizados sistemáticamente en Santiago y ciudades de regiones, hemos observado al menos tres claves que parecen articular los relatos sobre la apreciación existente hacia los políticos y la política. Esas claves pueden aportar señas de lo que se hace necesario, en vistas a una mejor legitimación, en el ciclo político que se inaugura el 4 de julio con el trabajo de la Convención.

COLUSIÓN DE LOS PODEROSOS: TODOS CONTRA MÍ

Los niveles de confianza institucional e interpersonal en Chile son bajos respecto a países desarrollados, aunque parecen ser similares a otros de la región. Así, por ejemplo, un 59% de los chilenos confía en la gente que conoce personalmente, en comparación con el 90% en EE.UU. y Francia. Al mismo tiempo, un 22% señala confiar en el Parlamento (similar a Argentina con 20%), mientras en Alemania esa expresión alcanza a 42% (Estudio Mundial de Valores 2020).

La desconfianza se expresa en que se alude a una colusión de los poderosos (políticos, empresarios y medios de comunicación, principalmente), que actúan en beneficio propio y al margen de la ciudadanía (ellos vs nosotros). Se piensa que el poder de la política, la economía y la comunicación están unidos en el abuso, el beneficio y el silencio. También lo están en la letra chica, siempre oculta en un proyecto de ley o una medida administrativa; en la oferta de una empresa del retail o una empresa de servicios; en los acuerdos de precios; en la noticia que solo recoge una parte de la realidad (y que, de paso, nos lleva a confiar más en las redes sociales). Ese cruce de acuerdos tiene beneficiarios comunes. “Se supone que algunas (de las concesiones de carreteras) son de algunos expresidentes. De dos, de Lagos y de Frei. Igual que se supone que el agua era de los españoles y es mentira, están metidos los mismos” (Focus Hombres, Concepción 2020).

El espacio natural de esta colusión es la cocina. Y no es una cocina americana, sino una cerrada a la cual acceden unos pocos y donde la negociación propia de la actividad política no es asumida desde el bien común, sino desde el beneficio personal. El temor a la cocina acecha incluso a la naciente Convención Constitucional. Se supone que esto de la Nueva Constitución era para que la escribiera el pueblo; igual se metió la clase política entre medio (…) y nosotros igual estamos aburridos de tanta mentira que ha habido durante tantos años” (Focus Hombres, Santiago 2021).

LA ESPERANZA RESILIENTE

Debajo de las muchas capas de desconfianza y crítica, ha subsistido una esperanza resiliente. Emerge tímidamente, pero se expresa con fuerza tras el plebiscito de octubre del 2020.

Una primera esperanza está asociada a la demanda de las personas por ser escuchadas, ante la percepción muy extendida de que no lo son en diferentes ámbitos: colegio, universidad, trabajo y —por cierto— mundo político. La detección de esta esperanza coincide con el proceso de consulta ciudadana convocada por la presidenta Michelle Bachelet para un cambio constitucional. Los relatos señalaban la duda de que ese proceso efectivamente llegara a puerto (una Nueva Constitución), pero la posibilidad de expresar y debatir era altamente valorada. “Cuando dice participación ciudadana, todos participamos, se supone, entonces ellos nos quieren escuchar a nosotros” (Focus Jóvenes, 2017).

Lo mismo sucede en las conversaciones con estudiantes de educación superior, intentando desentrañar las razones de la no participación en organizaciones estudiantiles. Está la sensación de no ser escuchados ni considerados en espacios que son acaparados por otros que imponen lógicas de exclusión, basadas muchas veces en la descalificación personal. Al principio tenía miedo. Onda, no querís que altiro solo por tendencia política te vayan a correr, hasta que —en verdad— cuando ya me miraban y me decían facha” (Focus universitarios 2018). Pese a todo ello, la expectativa se mantiene viva y espera lograr los espacios para su concreción.

Cuatro años después, la demanda no solo es por ser escuchados, sino que apunta a participar, a ser contrapartes de una construcción común. “Nunca más sin nosotros”, señala un hombre de 60 años, haciendo referencia a lo ocurrido desde 1990. “Hablemos de cómo dos años atrás esto era impensado, impensado que se lograra acá en Chile”, señala otro que vive en Antofagasta.

Es una expectativa que se levanta desde el estallido social y cuya fuerza explica que sea hoy una realidad cercana lo que hace algunos años era visto como una simple esperanza. El valor del cambio está no solo en el fundamento del cambio, sino también en la participación de cada uno de nosotros en él: un sentido de pertenencia, respeto e inclusión. Aunque no le cambiemos ni una coma, da lo mismo porque va a ser nuestra Constitución (Focus Mujeres, Santiago 2020).

La demanda por la participación tiene complejidades. La pérdida de confianza es como la infidelidad, señala una de las participantes en estos grupos de discusión. Las emociones han sostenido el proceso: la duda inicial, la esperanza, la alegría, nuevamente la incertidumbre, el asombro ante los resultados, todo en un contexto marcado por la pandemia y la crisis económica. Hoy se requiere de una acumulación de certezas basadas en procedimientos y objetivos compartidos y —por tanto— legitimados.

Interesante es la valoración que se hace del trabajo de algunas instituciones durante este período de crisis: el Servel en lo que respecta a los procesos electorales, los municipios en la gestión de la crisis y el sistema de salud en el manejo de la pandemia. Ello no era observable de forma tan nítida en años anteriores y alberga expectativas en relación con las instituciones políticas.

Cabe agregar que la demanda por participar no solo se concentra en el campo de la actividad política en sí. De alguna manera, el proceso de cambio constitucional ha otorgado un cariz más político a las relaciones de las personas con sus entornos. Las ideas de derechos, participación u objetivos comunes aparecen en los relatos, en los que se ejemplifica el tipo de vinculación con algunas empresas, especialmente respecto de decisiones y acciones que tienen impacto en la comunidad. Creo que las empresas quieren tener una visión de lo que piensa la ciudadanía respecto de ellos, y respecto de cómo ellos deberían relacionarse de ahora en adelante con la comunidad” (Focus Mujeres, Antofagasta 2021).

LA EXPECTATIVA: SÍ PODEMOS

El trabajo de la Convención está bajo observación y posiblemente su legitimación dependerá de cómo sea observada, tal como ha ocurrido con otras instituciones durante la crisis. Se perciben obstáculos (desafíos) a su labor: la diversidad de su composición es ampliamente valorada, pero es a la vez percibida como una dificultad a la hora de los acuerdos. No hay grandes matices en los relatos a este respecto: se consolida la idea de una carta fundamental capaz de representar no solo a las mayorías, sino también la diversidad. “Costó en la Constitución de 1980 que eran de pensamientos parecidos, creo que les va a costar todavía porque son de pensamientos distintos” (Focus Mujeres, Santiago 2020).

Lo que aleje a la Convención de ese objetivo, recibe incipientes miradas críticas. Así, por ejemplo, la idea de que se deben imponer las mayorías, las exigencias previas a su instalación o lo que se percibe como la lucha de egos por apariciones en medios de comunicación, empieza a ser criticado en algunos grupos de discusión. “Yo creo que en la política, como en muchas cosas, el tema de los egos es importante porque frente a una discusión, un tema, está el quién lo puso primero” (Focus Hombres, Santiago 2021).

Existe un sentido de urgencia (en general, se considera que el tiempo de trabajo de la Convención es escaso), la idea de que se debe aprovechar una oportunidad que es altamente valorada y —por lo tanto— la conciencia de que no hay tiempo para distraerse en lo que no es considerado como esencial.

Paralelamente hay también un sentido de gradualidad. «Yo creo en el paso a paso, teniendo un poquito más de claridad, de cómo se están enfrentando ciertos puntos (Focus Hombres, Santiago 2020). La idea de un primer paso, al que se suman otros, dados a través de leyes específicas, es reiterada en las conversaciones. Esa gradualidad se hace cargo de las expectativas que genera el proceso y los riesgos que ello entraña para algunos sectores, especialmente los más carenciados. “Hay personas que piensan que, porque la Constitución va a salir que uno tiene derecho a casa, al otro día va a ver una construcción de una casa (…). Las expectativas de la Constitución son muy altas y la frustración que eso va a provocar en la ciudadanía también va a ser alta” (Focus Hombres, Santiago 2020).

LO QUE DEBEMOS INTENTAR OÍR

Los relatos que hemos escuchado no hablan de certezas, pero sí de convicciones y de emociones. Del avance desde la desconfianza en lo que nos rodea a la confianza en que es posible avanzar en los cambios deseados, asumiendo los obstáculos. Desde este nuevo estado, hay ciertas tensiones que requieren oído en los próximos meses.

– Los políticos vs los independientes. Se levanta el riesgo no solo de que los primeros se tomen la Convención, sino de que los independientes dejen de serlo y se conviertan en políticos. El cómo se produce esa conversión es un tema a analizar. Por lo pronto, se plantea, como alerta, la idea de que se arroguen una representación a todo evento y dejen de conectarse con quienes los eligieron. La confianza no es un cheque en blanco. Habrá que observar los relatos de las personas sobre el rol que juegan estos nuevos actores políticos, protagonistas del ciclo que se abre.

– La diversidad vs los acuerdos. En un contexto donde la negociación es mal vista, cabe preguntarse si ésta se validará en la medida en que sus actores no sean los cocineros de siempre. Hay un relato que asume la necesidad de conversar, negociar y ceder, pero es necesario analizar con más detalle las condiciones que para eso se imponen. Ello pasa por integrar una participación que no está clara en los relatos de los participantes y que va desde una de tipo muy activa (asambleas, por ejemplo) a otra más difusa. Con todo, surgen propuestas, como el utilizar redes y espacios de los gobiernos locales, lo que respondería a la revaloración de los municipios tras la pandemia y la elección de nuevos alcaldes.

– Incertidumbre vs confianza. La creciente desafección hacia las instituciones ha marcado a las personas durante estos años, aumentando una sensación de vacío al no encontrar un reemplazo a lo perdido. La esperanza y el optimismo en el cambio político requieren de respuestas claras y urgentes. La renovación de las instituciones es clave para para consolidar confianzas y construir legitimidad. Confiamos en quienes nos escuchan, no en los que nos predican desde la distancia. En ese contexto, una tensión a observar es si las personas perciben una disposición de los actores políticos a escucharlos, a una relación más horizontal. Ello puede ayudar a reducir la incertidumbre en un escenario que se percibe como muchas inseguridades.

(1) Integrada también, en Plataforma Contexto, por Espacio Público, Humanas y Observatorio Ciudadano, junto con Subjetiva.

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Fuente: Artículo publicado en Revista Mensaje N° 700, julio de 2021.

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