Dolores Aleixandre: «Íbamos a colonizar Marte y nos faltaron mascarillas»

A juicio de la religiosa española del Sagrado Corazón de Jesús, no debemos empeñarnos en volver a lo de “antes” de la pandemia, porque hoy nos desafían grandes temas, como la vulnerabilidad de nuestros sistemas, las desigualdades, la interdependencia y la crisis climática. En esta entrevista con Mensaje señala que finalmente estamos reconociendo que lo esencial de nuestra vida resulta ser aquello que dábamos por supuesto y que no nos parecía importante.

Antonio Delfau S.J.

07 junio, 2021, 12:49 pm
13 mins

A Dolores Aleixandre, quienes la conocen la describen como una mujer que sabe amalgamar la espiritualidad con la mirada cotidiana. Quizás por eso la definen como cercana, preocupada de los afectos y de las relaciones humanas. Pero también dicen que es una mujer alegre y entusiasta, apasionada por el buen cine y la literatura, y con un excelente humor. Profesora emérita de Sagrada Escritura en la Universidad de Comillas, es también autora de una veintena de libros sobre espiritualidad. En esta entrevista con ocasión de los 70 años de revista Mensaje, se declara optimista de que hoy, a causa de la pandemia, “está en marcha un debate sobre los retos planteados, el sentido de la vida, de las cosas y del mundo”.

INÉDITOS VIABLES ENTRE MUJERES Y HOMBRES EN LA IGLESIA

Usted se ha definido como “adicta a la Biblia y a contarla a otros”. ¿Qué pasaje de la vida de Jesús es su preferido, y qué libro del Antiguo Testamento recomienda para comenzar a leer?

La curación del paralítico descolgado por el tejado (Mc 2,1-12). En esa escena la fuerza de atracción de Jesús mueve al paralítico y a los que le llevan, a ser ingeniosos, creativos y obstinados para quitar todo lo que les separaba de él, ¡hasta el tejado! El paralítico —que estaba a distancia y en absoluta precariedad—, “es puesto” con Jesús y “sembrado” en él como una semilla.

Respecto de por dónde comenzar a leer la Biblia, sin duda, por el Cantar de los Cantares. Su visión tan gozosa y positiva de la relación entre un hombre y una mujer, tejida de igualdad y reciprocidad, me parece una maravillosa parábola del amor de Dios, una metáfora que revela algo inaudito: así nos ama Dios. El Cantar aporta un “suplemento de pasión” a estos tiempos nuestros tan desapasionados, cuya característica cultural más peligrosa es la apatía que lleva al olvido del sufrimiento ajeno, a la ausencia de compasión.

¿Qué aspecto del Concilio Vaticano II es para usted el más relevante?

El llamado a la santidad. Antes del Concilio parecía ser propiedad privada de clérigos, religiosos y “alrededores”, pero, al convertirse en una vocación universal, todos quedamos igualados. El Concilio posibilitó, además, la experiencia de que lo que parecía inmutable, mutaba, lo atado se desataba y lo petrificado se derretía. Y demostró que lo esencial del Evangelio es muy poco y casi todo lo demás es cuestionable, reversible y adaptable.

Respecto de la situación de la mujer en la Iglesia, usted ha dicho que el tema la tiene cansada y que llevamos demasiado tiempo discutiéndolo. ¿Por qué cree que aún no hay una verdadera incorporación de las mujeres?

“Nos faltó hambre para ir por el balón”. Son palabras de un futbolista que un poco tienen que ver con lo que nos pasa en la Iglesia: nos faltan “hambre” y ganas, imaginación y pasión para descubrir inéditos viables en la relación entre mujeres y hombres en la Iglesia. Erich Fromm denominaba así a las posibilidades reales de transformación, pero cuya viabilidad no era percibida. “Hay que estar preparados para ayudar al advenimiento de lo que se halla en condiciones de nacer”, decía. Creo que se dan ya suficientes condiciones para el nacimiento de una Iglesia verdaderamente católica, es decir, abarcadora tanto de hombres como de mujeres, en la que el clericalismo, los prejuicios, los complejos, las falsas paternidades y filiaciones dejen paso al reconocimiento mutuo, al trato cordial y fraterno, y al respeto hacia lo diferente. Necesitamos “visualizar” y desear las consecuencias que tendría para la evangelización el reconocimiento (efectivo, no teórico) de que todo miembro de la Iglesia es responsable de la misión evangelizadora.

Usted ha trabajado en pobreza, en migraciones, en educación. ¿Tiene alguna idea de cómo resolver estas problemáticas que se arrastran hace tantas décadas?

Ya el lenguaje —“problemáticas”, “arrastrar”, “décadas”…— expresa algo de nuestra inclinación a sentirnos mesiánicamente enviados a “cargar” con algo que nos supera, a percibirlo como una tarea inabarcable, lo que nos conduce irremisiblemente a una fatiga que suele desembocar en desánimo. La propuesta de Jesús para los “cansados y agobiados” (y fracasados y quemados…) es caminar junto a él, unidos bajo ese yugo que nos une mientras caminamos. La parábola del rey temporal de los Ejercicios Espirituales es una lección de “geometría espiritual” al proponer un triángulo que tiene en cada uno de sus ángulos estas tres palabras: conmigo-trabajos-contento que comunican el secreto de la vida de un discípulo que trabaja por el Reino. Nos pone en guardia ante la tentación de intentar mantenerla sobre solo dos de ellos:

conmigo-contento: tentación de no querer pagar el precio de esos trabajos.
conmigo-trabajos: tentación de un seguimiento voluntarista con el acento puesto en el hacer.
trabajos-contento: tentación de buscar la satisfacción de ser eficaz y de enorgullecerse ante los propios esfuerzos y resultados.

“El Evangelio es una pesada carga ligera: crees que eres tú quien la lleva, pero es ella la que te lleva a ti”, decía Rahner.

VULNERABLES Y FRÁGILES

¿Qué debería preocuparnos del presente?

Empeñarnos en volver “a lo de antes” de la pandemia, a un mundo ufano de las conquistas de la tecnología, proclamándola reina y señora de la economía y de la política: “Somos los propietarios y dominadores del planeta, estamos autorizados a expoliarlo”. “Pronto trascenderemos nuestros límites biológicos”. “El 5G va a permitirnos una velocidad de conexión inaudita”. “En 2045 el hombre será inmortal”. “Podremos parar el envejecimiento con una sola inyección”. Todo eso “de antes” está absolutamente descompensado y el sueño de un crecimiento y un consumo sin límites está teniendo consecuencias devastadoras.

¿Qué está cambiando todo?

Se han hecho más evidentes los límites de la autosuficiencia: íbamos a colonizar Marte y nos faltaron mascarillas; nos anunciaban la era gloriosa de los robots, pero son hombres y mujeres de carne y hueso los que han cuidado a los afectados y se han expuesto al peligro del contagio. Nos hemos hecho más conscientes de nuestra condición vulnerable y frágil, y se están imponiendo los grandes temas que nos desafían como humanidad: la vulnerabilidad de nuestros sistemas, las desigualdades, la interdependencia, la crisis climática… La palabra muerte, que hasta hace poco se evitaba pronunciar, se ha presentado sin avisar y por sorpresa, y está ya formando parte de nuestro lenguaje cotidiano.

¿Sobre qué es usted optimista?

Mucha gente, en muchos lugares, se está haciendo las preguntas esenciales sobre el futuro de la condición humana, sobre qué decisiones y políticas públicas son necesarias para defender la vida y su disfrute, su sentido y su sentir. Está en marcha un debate sobre los retos planteados, el sentido de la vida, de las cosas y del mundo.

Se han vivido experiencias de miedo, vulnerabilidad, indefensión…, pero también de fortaleza al comprobar que somos capaces de cambiar de hábitos, espacios, horarios. Que podemos enfrentarnos a desafíos y ser creativos, que tenemos capacidad de adaptación y de aguante, y que somos más flexibles de lo que creíamos.

Hemos abierto los ojos a lo valioso y esencial de trabajos que con frecuencia infravaloramos o damos por supuestos: los de quienes cuidan, limpian, sirven, atienden, cultivan o transportan lo que consumimos.

Hemos descubierto el precio inestimable de la proximidad y de la presencia de la que estamos privados. Junto a la desolación de tantas pérdidas, reconocemos con asombro que lo esencial de nuestra vida resulta ser aquello que dábamos por supuesto y que no nos parecía importante. Lo que añoramos y ansiamos recuperar es, precisamente, lo más corriente y cotidiano: salir a la calle sin miedo, caminar con libertad, estrechar una mano, abrazar a alguien, sentir la calidez de la cercanía de los que queremos.

¿Qué mensaje daría usted a la humanidad del siglo XXI?

Inspirada en el artículo de Montobbio, “Desconfinarnos mentalmente: la invocación a la vida de Jacques Attali”, daría los siguientes mensajes:

– Preparémonos para defender la vida, apreciarla como nunca, amarla, vivirla; no desde el temor a la muerte, sino desde la alegría de estar vivos.

– Pensemos de manera más interconectada a ponernos a favor de una política y una economía de la vida y por la vida, y a escuchar las preguntas de las generaciones futuras sobre qué mundo mejor pueden esperar.

– Apacentemos las GAFAM (Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft) porque los “pastores” somos nosotros, no ellos y no puede ser su poder de distracción lo que tome el control de nuestras vidas.

– Recordemos los momentos de la historia en los que se han producido grandes cambios porque —la conclusión es evidente— lo que estamos viviendo ahora se les parece muchísimo. MSJ


Los pensadores que están aportando interesantes puntos de vista a la humanidad hoy, según Dolores Alexaindre:

—Byung-Chul Han (Seúl 1959), filósofo y analista cultural, autor de La sociedad del cansancio y de La sociedad paliativa.

—Leonardo Boff, por su aporte apasionado a la ecología, el cuidado del planeta, la sostenibilidad, la dignidad de la tierra.

—El papa Francisco y sus encíclicas Laudato si’ y Fratelli tutti.

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Dolores Aleixandre, religiosa española del Sagrado Corazón de Jesús y escritora.