Ana María Arón: Las heridas y la sanación de Chile

Como psicóloga y terapeuta, Ana María Aron ha trabajado con familias, escuelas y comunidades en crisis, y víctimas de traumas. Junto a ella iniciamos esta serie de conversaciones para conmemorar los 70 años de revista Mensaje y construir simbólicamente 70 mensajes para el futuro.

María Ester Roblero

03 mayo 2021, 4:38 pm
14 mins

Mientras escucho a Ana María Arón la imagino en los años sesenta, estudiando psicología en la Universidad Católica: “Gran parte de nuestra generación universitaria creía que podría colaborar en disminuir la enorme brecha social y económica que existía en Chile. Ha pasado tanto tiempo, tantos gobiernos, tantas ideas creativas, y no hemos logrado superar la pobreza y la desigualdad … Eso me duele mucho”.
Después la veo en los setenta, tras el golpe, interponiendo recursos de amparo en forma recurrente por su hermana detenida desaparecida. Pienso en ella, buscando respuestas, sin enterarse nunca, total y exactamente, cómo murió Diana.

Me cuenta que hace poco celebró la Pascua judía: “¿Qué es lo que hacemos? Los judíos nos reunimos y nos sentamos a contar nuestra historia desde cuando éramos esclavos en Egipto; lo contamos quinientas mil veces, porque es parte de la reparación que tenemos que vivir. Saber qué ocurrió a tus ancestros, qué sufrieron y cómo sufrieron es importante para no repetir las heridas”.

Ana María, ¿cuál cree que es la principal herida de Chile y cómo sanarla?

Chile tiene muchas heridas, algunas agudas y otras crónicas. Entre las agudas, sin duda, están las causadas por la dictadura. No conozco a ninguna familia que no haya sufrido algún tipo de fractura por enfrentamientos políticos, por las atrocidades posteriores, o por algún exilio o detenido desaparecido. Pienso en mi propia vida, en mi hermana. Pero creo que Chile también tiene heridas crónicas, provocadas por la deuda con la pobreza y con no haber logrado una vida equitativa para todos los que viven en este país. Esa es una herida muy dolorosa.

Mencionó el golpe de 1973 y la dictadura. ¿Qué aprendizajes debimos haber sacado y guardado en la memoria colectiva, para enfrentar mejor lo que estamos viviendo a partir del estallido social y la pandemia?

Creo que los chilenos estamos endeudados socioemocionalmente. Cuando ocurren cosas tan traumáticas como las que pasaron en Chile, hay que repararlas. La reparación pasa por reconocer lo que pasó y eso ¡por Dios que nos ha costado! Luego, no basta con pedir perdón; hay que dar espacios para hablar, oír y conectarse con el sufrimiento de las personas. No se puede dar vuelta la página con premura. Yo trabajo en casos de violencia, abuso, trauma… y sé que tiene que haber ese espacio para que cada uno cuente lo que sufrió y se sienta oído.

Pero sí se ha hablado del golpe, de la dictadura, de la injusticia social y la pobreza. ¿Es que la calidad del diálogo ha sido mala?

Sí, y quiero poner como ejemplo lo que ocurre tras un terremoto. No se trata de provocar un diálogo sensacionalista y mostrar las casas destruidas y a la gente llorando. No es eso, no es un espectáculo. Se trata de abrir un espacio cualitativo en que los demás sepan lo que me pasó y lo que les pasó a los otros. Eso es clave: es poner en común una narrativa. Porque, de lo contrario, lo que producen los eventos traumáticos es una fractura en los vínculos sociales. Eso hizo la dictadura: fracturó la red social. Cada cual quedó solo, asustado, sin saber quién era el del frente. El vecino no sabe si puede hablar, o no puede hablar. Parte del proceso de volver a conversar es reconstruir la red social y las redes de confianza. Creo que se han dado pasos. Pienso, por ejemplo, en los cabildos, donde lo primero que se hace es intentar conocer quiénes somos, no para perder el tiempo, sino para establecer relaciones de confianza.

Cuando estalló el 18 de octubre, ¿qué pensó, en base a toda su experiencia personal y profesional?

Primero, me asusté, al igual que la mayoría de los chilenos, y sentí que estábamos viviendo una situación sin contención. Lo segundo que pensé fue que la gente que estaba manifestándose tenía toda la razón. Cuando a mí me toca intervenir en situaciones de crisis, observo que siempre antes de un desborde se han vivido situaciones que se pasaron por alto. Creo que en Chile se venían dado muchas señales que no supimos escuchar a tiempo. Con el paso de los días, también analicé mucho la diferencia entre el pelear por tus derechos, tener rabia y salir a reclamar por la injusticia, y el actuar con violencia y destrucción, porque eso impacta justamente a la gente más vulnerable.

¿Qué hacemos ahora que estamos dentro de la crisis?

Lo más inmediato es pensar cómo vamos a sobrevivir a la pandemia y a la crisis económica que se avecina. Abordar la precariedad del trabajo, de las condiciones de vida de una inmensa cantidad de chilenos. Tenemos que preguntarnos qué hacer con eso. Creo que hay que confiar en los especialistas, pero también asumir que Chile no es el mismo país de hace dos años, porque es un país más empático, más conectado con las necesidades de los otros, y podemos trabajar también sobre ese cambio.

Esa empatía, ¿es fruto del estallido o de la pandemia?

Creo que la pandemia ha aportado mucho. El estallido social en Chile nos contactó con una realidad de injusticia y pobreza de muchos. Pero durante el estallido hubo mucho miedo y cuando la gente tiene miedo deja de ser empática. Hay una explicación biológica en esto, ya que cuando uno tiene miedo activa todos sus sistemas de alerta para atacar, para arrancarse, o para disociarse, que son las tres respuestas biológicas frente al miedo. ¿Por qué es tan importante entender esto? Porque en el estallido social teníamos frente a frente a un grupo que estaba muy enrabiado y a otro que estaba muy asustado. Ninguno de los dos podía pensar. ¿Cuál debería haber sido el rol de la autoridad? Transmitir sensación de seguridad, bajar los niveles de adrenalina y de temor, y activar los sistemas de calma. La calma también tiene una base biológica: se logra desde el apego que transmite tranquilidad, que nos permite contactarnos con otros y poner en marcha el cerebro más evolucionado, creativo y con habilidades superiores.

SOLIDARIDAD, LIDERAZGOS Y CAMBIO DE PATRÓN CULTURAL

Mientras la oía, pensé en el rol que han cumplido líderes como Angela Merkel. ¿Me puede hablar de ese tipo de liderazgos?

Frente a situaciones como las que hemos vivido se necesita ese liderazgo que transmita tranquilidad, porque si no las personas quedan activadas en modo guerra. En los países con liderazgos femeninos la pandemia se abordó de manera más empática; la gente sintió que había alguien entendiendo lo que le pasaba, alguien a cargo y haciendo sus mejores esfuerzos para manejar lo que era casi inmanejable. Eso se diferencia mucho de lo que hicieron todos nuestros lideres latinoamericanos y cuyos resultados están a la vista.

¿Es optimista?

Voy a repetir una frase de Golda Meir: los judíos no nos podemos dar el lujo de ser pesimistas. Tengo una confianza básica en las personas, en sus capacidades y en lo que es la humanidad compartida. Creo que tenemos muchas más cosas en común que cosas que nos separan.

Soy optimista, pero tenemos que trabajar mucho los temas de solidaridad, los liderazgos, y cambiar el patrón cultural patriarcal que está en la base de muchas de las injusticias que estamos viviendo ahora. Porque el que está en esa posición de poder no ve las injusticias que sufren otros, sino que las invisibiliza. La invisibilización y la no escucha forma parte de la cultura patriarcal y se reproduce en las familias también, al no escuchar a los niños, no escuchar a las mujeres.

Soy optimista, pero creo que los cambios deben darse en todos los niveles. En nuestras instituciones, porque muchas veces son injustas e indignas. Pero también en un cambio individual: ¿qué de lo que yo hago es injusto con los otros? ¿Cuándo falto el respeto al otro? Como dice el psiquiatra Jorge Barudy, cada uno hace lo que puede, con lo que tiene, desde donde está, pero con la esperanza de que todos estén haciendo cosas parecidas en otros lados.

¿Qué mensaje le gustaría entregar para un futuro mejor?

Un mensaje de esperanza y de responsabilidad, pero también un mensaje de compromiso. Nosotros aprendimos durante muchos años, por lo menos yo en mi infancia, que las cosas que pasaban no tenían que ver conmigo, que yo no tenía ninguna injerencia en lo que ocurría. Pero hoy día hemos aprendido, gracias a los más jóvenes y a los movimientos ecológicos, que todo lo que uno hace sí importa: el cuidado del agua y de la energía, el reciclaje de los residuos, sí inciden en el futuro del mundo. Esta conciencia medioambiental nos ha dado un rol distinto. Hoy entendemos que somos parte de un sistema y de una comunidad, que tiene esperanzas siempre que asumamos lo que cada uno puede hacer por los demás y eso pasa por la solidaridad y la colaboración.


Autores que recomiendo:

– Me gusta mucho el trabajo de Yuval Noah Harari. Su libro De animales a dioses está disponible ahora en versión gráfica y le regalé un ejemplar a cada uno de mis hijos.
– Me inspiran las ideas de Avishai Margalit, especialmente su libro La sociedad decente: señala que una sociedad civilizada es aquella cuyas instituciones no humillan a las personas sujetas a su autoridad y cuyos ciudadanos no se humillan unos a otros.
– También admiro como autor a Nassim Taleb, un autor libanés de gran mordacidad. Sus libros Antifrágil y Jugarse el pellejo abordan cómo enfrentar la fragilidad y también cómo se marca una diferencia cuando un líder se involucra en las consecuencias de sus decisiones.
– No puedo dejar de mencionar a Daniel Kahneman, psicólogo y premio Nobel de Economía, que es uno de mis “gurúes”.

María Ester Roblero

Periodista. Revista Mensaje