Eduardo Valenzuela: Creer, sin pertenecer

El director de la Encuesta Nacional Bicentenario UC-Adimark señala que, mientras en Europa la secularización de masas se produjo mucho antes de la crisis de los abusos, para nosotros es concomitante: un proceso de modernización cultural que hace estallar la unanimidad católica en los últimos cincuenta años, que se exacerba con la crisis institucional de las últimas dos décadas.

Loreto Cox

06 septiembre, 2021, 3:40 pm
20 mins

Eduardo Valenzuela es un reconocido sociólogo con abundante investigación en las áreas de la sociología comparada, de la cultura, y de la religión y la familia. Es profesor de la UC y director de la Encuesta Nacional Bicentenario UC-Adimark, iniciativa que ha aportado importante información acerca de la sociedad chilena. En esta entrevista con Revista Mensaje aborda la crisis de confianza de las instituciones, en especial la de la Iglesia.

Los últimos años han sido difíciles para la Iglesia católica en Chile y en el mundo. De acuerdo con la última medición del CEP, solo el 14% dice que confía en la institución y esto, obviamente, tiene relación con los casos de abuso y encubrimiento, pero también es parte de un fenómeno más complejo de caída de la confianza en todas las instituciones y en muchos lugares del mundo. ¿Qué patrones ve en común, o qué razones de fondo —además del comportamiento de la Iglesia— ve detrás de esta crisis?

La confianza tiene harto que ver con la crisis de los abusos, porque sus puntos de inflexión más importantes coinciden con los de mayor publicidad negativa contra la Iglesia y son justamente episodios críticos de develamiento de abusos. Es muy claro uno en torno a 2003, que es cuando aparecen los primeros casos asociados al cura “Tato”, después en el 2010-2011 con Fernando Karadima, y ahora último —en 2019— con la secuela de la visita del Papa. Y, sobre todo, con el caso de Renato Poblete, que fue muy impactante en términos de opinión pública. No ocurre lo mismo para otros indicadores de declive, como la asistencia religiosa o la identificación católica, donde también es fuerte la caída, pero no se observan estos puntos de inflexión, sino más bien una tendencia sostenida a la baja. Entonces, hay una relación entre confianza y develamiento de abusos sacerdotales.

Pero, claro, detrás de todo esto hay cuestiones más profundas, más permanentes, y que tienen que ver, en parte, con el debilitamiento de la mediación institucional de cualquier experiencia, no solo la religiosa. La gente busca constituir su experiencia religiosa con una mediación institucional débil o derechamente inexistente. Es decir, sin la carga normativa que imponen las instituciones: ir todas las semanas a la iglesia, cumplir con tales y cuales mandatos, en fin… Entonces, hace ya mucho tiempo que las personas tienden a constituir su experiencia no enteramente al margen de las instituciones, pero con una mediación institucional débil, como pasa por ejemplo con su experiencia política. No quieren sentirse obligadas a votar, a pertenecer a un partido, ni a mantener esa lealtad por un tiempo largo. Si uno revisa la llamada crisis de las instituciones, observa que es un proceso en el que se da este patrón común.

¿Y qué hay detrás de eso? ¿Por qué cree usted que la gente no quiere ninguna forma de mediación?

Yo sería moderado. No es que haya un rechazo rotundo a las instituciones. La gente reconoce que la experiencia social debe tener un grado de organización, de estabilidad y de representación. En el caso de la religión, es muy evidente porque nadie cree enteramente a su manera, porque la creencia religiosa es muy colectiva: se afirma en una comunidad de pertenencia. Pero se quiere que esa mediación institucional sea leve y le permita entrar y salir con facilidad, adoptar un punto de vista personal frente a ciertas cosas, cumplir determinadas normas, pero no otras. Entonces, ese es el patrón que ha cambiado, porque detrás de todo esto hay un proceso bastante incontenible de individualización, de tensión de la esfera de la libertad personal, de la autodeterminación. Y todo eso es propio de una sociedad que camina al ritmo de la movilización actual.

¿Y cómo ve a Chile respecto de otros países en este proceso de individualización? ¿Ha sido más fuerte, más rápido que en el resto de Latinoamérica?

Esto camina muy de la mano del desarrollo económico, de procesos de modernización de las infraestructuras de la sociedad, del acceso a la educación y, en particular, a la enseñanza superior. Y después están todos los procesos de globalización y de contacto con una cultura global. Creo que Chile lleva la delantera en ese proceso de sustitución de identidad católica debido a lo que llamamos “los ninguna religión”, los nones, como se dice en inglés. El declive de la pertenecia de la filiación católica y la aparición de lo que se llama secularización de masas. Secularización hubo siempre, pero antiguamente era un fenómeno de elite; hoy día no, les pasa a muchachos comunes y corrientes.

SECULARIZACIÓN DE MASAS

¿Esta secularización de masas significa una forma radicalmente distinta de darle sentido a la vida? ¿Qué relación tiene este fenómeno con las diferencias generacionales que estamos observando en Chile en otras dimensiones, como en la política?

Es un fenómeno fuertemente generacional, aunque no está circunscrito solo a los jóvenes. Pero, sí, en la banda de los 18 a los 35 años de edad es donde está el epicentro de este movimiento hacia lo que llamamos “ninguna religión”. La diferencia con los países europeos es que la secularización de masas allá se produjo mucho antes de que apareciera la crisis de los abusos: para nosotros, en cambio, es concomitante: un proceso de modernización cultural que hace estallar la unanimidad católica en los últimos cincuenta años, que se exacerba con la crisis institucional de las últimas dos décadas.

Lo importante es que el patrón de secularización de masas no suele ser de increencia religiosa ni de anticlericalismo. Simplemente se desafilia, deja de reconocerse como católico, pero mantiene cierta creencia, incluso convencional. Antiguamente, la persona que perdía la pertenencia a una concreción religiosa se transformaba en un seeker, en una persona que buscaba otra cosa, una alternativa, una espiritualidad diferente. Y por eso surgieron los movimientos alternativos, vinculados al orientalismo, a las religiones autóctonas, a lo que en su época se llamó New Age. El patrón de secularización está descrito por una británica que se llama Grace Davie, que dice believing without belonging. No es como una explosión de religiosidades alternativas: no es eso, es más bien este patrón de desafiliación, decepción, alejamiento de la Iglesia. No necesariamente anticlerical, a diferencia del patrón de secularización de la elite, que fue muy celoso de quitarle a la Iglesia su poder.

¿Y cambia la forma de darle sentido a la vida? ¿O la gente mantiene formas tradicionales?

No cambia. Hay mucho de lo que se llama religiosidad latente o no profesada, donde la gente sigue rezando a la Virgen, hace oración personal y pide sus favores en el marco de las creencias convencionales. Y si tiene una situación de aflicción personal especialmente dura, probablemente recurra a algún rito reconocido. Entierra a los suyos conforme el rito cristiano católico sin inconveniente. Eso se llama religiosidad latente, que aflora cuando uno la requiere. Lo otro que se da es lo que se denomina religiosidad vicaria, que es cuando uno cree a través de otro. Y entonces hay alguien en tu familia, que es creyente y cree por todos, una forma débil de creencia. Hay que sacarse de la cabeza el modelo clásico de secularización: ateo, agnóstico o anticlerical, que se refugia en una espiritualidad alternativa, como por ejemplo la masonería. Ese modelo de secularización de elite es distinto a este otro modelo que llamamos secularización de masas.

¿Ve alguna relación entre esta forma de secularización y el descontento que observamos en política?

Ahí hay dos cosas: la gente tampoco fue furibundamente religiosa antes. El 80% o 90% de católicos nunca significó que esa proporción estuviese realmente comprometida. No hay que sobrestimar la religiosidad del pasado. Hoy la gente cree, pero de un modo latente, o vicario, y esa forma de creencia no es nueva, existió siempre y yo incluso diría que fue la forma predominante de la religiosidad de la Edad Media, que nosotros refutamos como si fuese la edad de oro de la religión.

Tenemos una generación nueva más recelosa de la autoridad tradicional, menos apegada a valores colectivos, más desafiante de lo que eran los símbolos y los nichos culturales más importantes. Pero eso es un fenómeno que atraviesa la época más que un fenómeno que se pudiera atribuir a la crisis religiosa. No haría una relación muy directa entre la protesta juvenil actual y la crisis religiosa, a pesar de que hay, probablemente, vasos comunicantes. Pero este fenómeno de atacar iglesias y de dañar símbolos religiosos es muy marginal, no refleja lo que es la secularización de masas.

¿Ve posible que en el mediano plazo recuperemos los niveles de confianza en las instituciones?

Tenemos que acostumbrarnos a vivir en un mundo en que la relación de las personas con las instituciones va a tener este carácter inestable, contingente, de mayor distancia crítica. Eso está inscrito en la corriente principal de la modernidad cultural y con puntos de mayor o menor tensión, pero, en general, las instituciones tienen que acostumbrarse a vivir con bajos niveles de credibilidad pública, y de participación y compromiso relativamente bajos también.

En concreto, las iglesias tendrán que vivir con poca feligresía activa, los templos nos van a quedar grandes en poco tiempo más y vamos a verlos más vacíos, ese es un fenómeno bastante ineluctable. Pero eso no significa para nada que las instituciones no cumplan con su rol ni que vayan a ser reemplazadas por algo diferente. No ha ocurrido y es como esta historia que nosotros conocemos bien en la política: la gente dice que quiere hacer algo distinto a los partidos y termina siendo un partido más, pues expresa que quiere una manera nueva de hacer la política y termina haciendo la política de siempre al cabo de 24 horas. Entonces el proceso de institucionalización es también inevitable. Y eso significa que se crea una diferencia entre el que gobierna y el que no gobierna, el que participa y el que no participa; lo que Robert Michels llamaba La ley de hierro de la oligarquía, es inevitable.

NUESTRA RELACIÓN CON LAS INSTITUCIONES

¿Qué debería preocuparnos del presente?

Creo que lo que debe preocuparnos siempre es la violencia y polarización; la incapacidad de resolver los conflictos a través de acuerdos, de entendimientos. Eso es lo más preocupante de lo que estamos viviendo hoy, sin que eso signifique detestar el conflicto. Nos acostumbramos a vivir en una sociedad demasiado apacible y con acuerdos profundos. Pero ahora estamos en un periodo excepcional. Lo normal en una sociedad es que haya conflictos abiertos, pero lo importante es que eso se encauce institucionalmente. Perder el Estado de derecho es lo peor que nos puede pasar.

¿Qué cree usted que lo está cambiando todo?

En general, como me dedico a los grandes procesos históricos, muchas veces suelo subestimar lo que cambia. Pero creo que lo que está cambiando es nuestra relación con las instituciones, con la autoridad, con la jerarquía, con la comunicación vertical.

Lo otro que está cambiando muy fuerte es nuestra relación con la tradición, que no significa que la desconozcamos, sino que cada vez es menos importante. Entonces el pasado es menos determinante en nuestras decisiones, en nuestros proyectos. Los sociólogos decimos que vivimos en una sociedad postradicional.

¿Y sobre qué es usted optimista?

En general, sobre todo. No le tengo miedo a la ampliación de las libertades individuales, de la autonomía personal. Creo mucho en la razón natural.

No creo en esto de la sociedad de la posverdad, como si la gente no fuera capaz de reconocer que algo es verdadero o no, bueno o malo. Soy optimista. Tengo ese instinto ilustrado de Jûrgen Habermas, de que las sociedades se encaminan, es decir, saben descubrir el bien por encima del mal y la verdad por encima del error. Soy mucho del vox populi, vox Dei. Si la gente hoy está con estos niveles de insatisfación, de malestar, hay que escucharla. Hay algo de verdadero en todo eso. Entonces, las posiciones sectarias o extremas me parecen siempre indeseables.

¿Y qué pensadores cree que están aportando interesantes puntos de vista a la humanidad hoy?

Pienso que, para el destino de la Iglesia católica, el Papa Francisco es una persona que marca la dirección del futuro. Y que la Iglesia solo puede enfilarse si es que vuelve a ser fiel al Concilio Vaticano II y empuja en esa línea. Desde el punto de vista de la filosofía, estudio cada vez más a Jean-Luc Marion y su fenomenología del don, que me parece crucial en lo que puede marcar el futuro. En sociología, la descripción que hace Niklas Luhmann de la sociedad contemporánea es la mejor de todas, la más certera; es quizás la más profunda y la que puede tener más proyección en este siglo. Y diría que esa es la gente que a mí me inspira más. En teoría política, sigo mucho la línea de Michael Sandel, la republicana, esa variante de la teoría política moderna. Y, bueno, leo con mucho entusiasmo siempre a Charles Taylor, que me parece un ensayista, un filósofo social quizás de lo mejor que tenemos en el presente.

¿Y qué mensaje le daría a la humanidad del siglo XXI y que considera clave para el futuro?

Este es un siglo que tiene que enfrentar decisivamente la relación entre el hombre con la naturaleza. Eso creo que es clave. En eso hay un desafío a nivel global y que va a comprometer a todo el siglo. MSJ

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Eduardo Valenzuela es sociólogo de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Actualmente es profesor del Instituto de Sociología y de la Escuela de Gobierno UC, director de la Encuesta Nacional Bicentenario UC-Adimark e Investigador Principal del Centro de Estudios Interculturales e Indígenas (CIIR). Dirige la revista de antropología cristiana Humanitas.

Ingeniera comercial con mención en economía y socióloga de la Universidad Católica, PhD en ciencia política en el MIT. Académica de la Escuela de Gobierno de la Universidad Católica.