Judith Schönsteiner: El desafío de aterrizar los cambios

Dice que en las últimas décadas en el mundo hemos desaprendido a conversar y que nos invaden las desconfianzas. Se declara optimista también del ser humano y de los cambios que puede realizar para mejor. Aunque no sepa si logremos coordinarnos con la rapidez requerida. Y, como creyente, también percibe que, en todas las religiones, en todas las culturas, hay gente que apuesta a esos cambios no violentos, tal como Jesús predicaba y que nos demostró que es posible.

Valentina Nilo

06 septiembre, 2021, 3:30 pm
16 mins

Judith Schönsteiner es académica de la Facultad de Derecho de la Universidad Diego Portales, PhD en Derecho por la Universidad de Essex y master en Ciencias Políticas de la Universidad de Mainz. Se especializa en derechos humanos, en particular en los sociales y ambientales, y su respeto por parte de las empresas. Con motivo de los 70 años de Revista Mensaje, en esta entrevista con la filósofa y teóloga Valentina Nilo, habla de grandes desafíos, como la justicia social y la batalla contra la violencia hacia las mujeres y niños, la necesaria reforma de la Iglesia y la crisis medioambiental.

¿Qué debería preocuparnos del presente, Judith?

Tengo una preocupación clara por el cambio climático y todo lo que tiene que ver con nuestra relación con el medio ambiente. Y allí va desde la zona de sacrificio, por la biodiversidad de la que somos parte, hasta el modelo económico. Es decir, estamos hipotecando, con nuestro modelo económico —que está tan basado en recursos extractivos—, el futuro de una manera abismante y escandalosa. Chile es un país que va a resentir muchísimo el impacto del cambio climático. Y es un desafío muy preocupante: tienen toda la razón los jóvenes, las jóvenes, con los Fridays for Future. Es decir: miren, no tenemos mucho tiempo. Pero también creo que hay otros desafíos, como el de la justicia social, muy fuerte, una distribución cuya injusticia cada vez se percibe más, como quedó demostrado durante la pandemia. Y seguimos con el reto gigante de la batalla contra la violencia que se está tomando las calles, desde las guerras hasta la violencia intrafamiliar, contra los niños y mujeres, porque es insostenible.

LA CONVENCIÓN CONSTITUYENTE: EL DESAFÍO DE ATERRIZAR UN CAMBIO

¿Y cree usted que se están produciendo avances o cambios? ¿Cuál es la gran razón, o la gran causa que está provocando todos estos cambios?

Creo que aún estamos visibilizando los problemas; todavía no realizamos los cambios necesarios para frenar la catástrofe ecológica. En algunos aspectos los veo puntualmente, en otros no; muchas veces se dan en lo micro, no tanto en lo macro. Es decir, nos cuesta muchísimo comunicarnos para resolver problemas. Nos cuesta salir del letargo de la comodidad y costumbre. Y en ese sentido la Convención Constituyente es un tremendo desafío de comunicación, para aterrizar un cambio, un sueño de cambio, una conversación. Estamos empezando este gran desafío. Creo que de verdad es una oportunidad gigante. Pero es muy difícil. Me he acordado mucho de un libro de Mancur Olson sobre la lógica de la acción colectiva y cuánto nos cuesta ponernos de acuerdo en estas cosas del bien común… Y en materias de cambio climático, por ejemplo, todavía no hemos logrado coordinarnos. Nos cuesta muchísimo.

¿Y sobre qué es optimista?

Sobre la Convención Constituyente. Le tengo mucha confianza. Veo los peligros, los desafíos tremendos que existen por la desconfianza y la poca práctica que tenemos de conversar. Porque en las últimas décadas en el mundo hemos desaprendido a conversar. Soy optimista también del ser humano y de los cambios que puede realizar para mejor. Aunque no sepa si logremos coordinarnos con la rapidez requerida. Y como creyente también percibo que, en todas las religiones, en todas las culturas, hay gente que apuesta a esos cambios no violentos, tal como Jesús predicaba y que nos demostró que es posible.

Claro, en clave teológica sería: cree en la conversión.

Exacto, aunque en mi día a día, en un contexto secular, debo hablar de esa idea en otros términos.

Ya que habla de Jesús para referirse a aquello que le da esperanza, aprovecho de preguntarle ¿cómo desde la teología y también desde la fe, los creyentes podemos hacer que la vida de Jesús siga siendo relevante hoy?

Creo que, si queremos hacer vida el mensaje de Jesús, su mensaje de paz y sanación, debemos tratar de vivirlo en nuestro día a día. Los y las católicos, y especialmente la teología, deben —y los teólogos también— aprender mucho de los signos de los tiempos “seculares”, de la ecología, del movimiento feminista, de los movimientos sociales, de las ciencias, para después decir una palabra de sentido y esperanza. Pero si esta palabra no coincide con el respeto y aprecio concreto por la mujer, por la naturaleza, y con la reparación por los daños causados por esta Iglesia, el testimonio del mensaje de Jesús resucitado se opaca y hasta se percibe como una burla. Hemos heredado una gigante deuda para recuperar y liberar el mensaje de Jesús.

¿Qué pensadores cree que están aportando puntos de vista interesantes a la humanidad hoy?

Estoy pensando no en grandes personajes, sino en corrientes de pensamiento, por ejemplo, entre los jóvenes y las jóvenes de Fridays for Future, y en la cosmovisión indígena. En la Iglesia, estoy pensando en las feministas, en las mujeres que creen que su rol debe ser distinto. Y también entre los hombres que creen y piensan eso. Creo que nos haría bien leer a Mary Judith Ress. Y hay un libro que sí me parece bien interesante, vinculado a una corriente de economistas que busca el desarrollo sin crecimiento, porque ven que hay un tope a la expansión, que está dado por el cambio climático y el término de los recursos naturales. El libro se llama Prosperity without growth (Prosperidad sin crecimiento), de Tim Jackson. Creo que ya hay mucha gente que se preocupa de esas ideas, partiendo por las economías circulares, el reciclaje y, más que el reciclaje, por la reutilización. Se trata de pensar que no es necesario que cada cosa sirva solamente por un verano, un día, y que, efectivamente, podemos ser más creativos con los recursos, con cómo los utilizamos.

LA NECESARIA REFORMA DE LA IGLESIA

Esto está muy conectado con lo que respondías en la primera pregunta, de tu preocupación por el medio ambiente y la cultura del descarte…

Creo que es la gran pregunta de los derechos humanos. Esa y la pregunta por la violencia y el poder. Y allí también vemos la gran necesidad de reforma de la Iglesia, que ha entendido el asunto de la ecología, pero que, si al mismo tiempo no comprende el tema del poder y de la violencia, no es creíble. Es decir, la jerarquía de la Iglesia asumió la urgencia de proteger a la Amazonía, pero le coartaron, a la misma gente que les hacía patente ese mensaje, la participación dentro de la Iglesia, vetando las formas litúrgicas locales que habían crecido en este inmenso espacio a proteger: litúrgicamente, en el anuncio, en la toma de decisiones, en los sacramentos, no pueden participar. Para mí, es tan contradictorio. Y ahí creo que necesitamos un cambio fundamental. No se equilibra con la entusiasta recepción de la encíclica Laudato sí’ en círculos académicos ambientalistas (no-creyentes).

Y a propósito de la reforma de la Iglesia, frente al drama de los abusos al interior de esta, ¿por dónde van las vías de reparación, si es que se puede reparar? ¿Cómo la Iglesia puede ganar credibilidad frente a este daño tan profundo que ha causado?

Creo que la primera cosa es no pensar en la credibilidad propia. En el sentido de no buscar restituir o recuperar una imagen. Porque ahí se desbalancea todo. En el centro deben estar siempre las víctimas. Las violaciones a los derechos humanos de las víctimas casi nunca se pueden remediar completamente. No hay restitución posible, porque es mucho e irreparable el daño. Escuchando a víctimas de derechos humanos y de abusos eclesiásticos, en general, suelen pedir que no vuelva a ocurrir un hecho de esa naturaleza. Que haya garantías de que no se repetirá. En la Corte Interamericana se habla de la imposibilidad de restituir el proyecto de vida que tenía esa persona y por eso se ordenan medidas de no repetición. Y de eso estamos muy lejos, porque esas salvaguardias aún no las tenemos en el derecho penal eclesiástico. Una persona abusiva suele no disuadirse fácilmente por el código canónico, especialmente si las penas no le afectan tanto, y abusa del sacramento de la confesión para no enfrentar el daño que está causando. La Iglesia es incapaz de ver las estructuras de poder —especialmente, de abuso de conciencia— que ha creado a lo largo de los siglos. Creo que es fundamental que ceda su propia justicia en ese sentido y se someta a la justicia civil, además de abordar con ayuda externa la revisión de las estructuras de obediencia, el rol de la conciencia personal y de crear mecanismos de transparencia y accountability.

Además, no tenemos comisiones de verdad, por lo menos en Chile o en Latinoamérica. No hay programas de reparación que sean constituidos participativamente. Eso es necesario porque no puedo reparar a una víctima si no le pregunto qué le haría bien. Entonces, así, una petición de perdón muchas veces vuelve a ser una revictimización, porque no sale de la lógica de quien no ha comprendido el abuso de poder. Y creo que la Iglesia, o los que tienen poder en la Iglesia —y ahí digo “los” porque son casi todos hombres—, está todavía lejos de solucionar el problema real de las estructuras que facilitan el abuso.

Y yendo al tema de las mujeres que menciona, ¿por dónde ve que todavía falta avanzar en términos de feminismo? ¿Cuáles cree que son las luchas más importantes que tenemos que seguir dando las mujeres?

En la práctica…, es un escándalo que tengamos que tener miedo en las calles, en las casas, en el trabajo. Es un escándalo que tantas niñas y adolescentes africanas sufran la mutilación genital. Y es un escándalo también que, en las religiones, no solo en la nuestra, tantos hombres se creen dueños de la comunicación con Dios e, incluso, de la manifestación “apropiada” de Dios en sus palabras, sus gestos litúrgicos, su teología, pensando arrogantemente que solo ellos “tienen” la verdad. De ese material están hechas las guerras… y las mujeres —y los hombres que quieren participar de esto— debemos aprender a escuchar muy profundamente la voz de Dios para no simplemente replicar las mismas lógicas cuando empezamos a asumir nuestras vocaciones. Debemos recién (re)-descubrir las riquezas y los dones que podríamos aportar para construir un mundo con menos violencia y menos destrucción ambiental.

La última pregunta, ¿qué mensaje le darías a la humanidad del siglo XXI y qué consideras que es clave para el futuro?

El mensaje para la humanidad tal vez me queda un poquito grande. Pero creo que diría: dejemos de destruir el planeta. Dejemos de ejercer violencia a través de la religión. Dejemos de ejercer violencia a través de la economía contra los más débiles, los pobres, la naturaleza. Que, más bien, comencemos a construir juntos y juntas. MSJ

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Judith Schönsteiner es profesora asociada de la Facultad de Derecho de la Universidad Diego Portales. Magíster Artium en Ciencias Políticas, Johannes Gutenberg Universität Mainz (Alemania) (2003). Master of Laws, University of Essex (Reino Unido) (2006). PhD in Law, University of Essex (Reino Unido) (2011).

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