La migración nos enfrenta finalmente a una pregunta más profunda que una discusión administrativa. Nos obliga a preguntarnos qué tipo de sociedad queremos ser.
Un proyecto migratorio, si bien no debe olvidar la gestión efectiva de las fronteras, no puede reducirse a eso. Debe plantear qué lugar tiene, en la sociedad que queremos construir, quien llega a aportar o quien necesita refugio. Las políticas que estamos discutiendo tienen como pronóstico más probable una agudización mayor de los problemas y fricciones. Hace falta una mirada con otro registro. La tradición cristiana tiene recursos suficientes para ese giro.
Tras las visitas de Donald Trump y otros mandatarios a China, queda claro que en el mundo hoy no existe unipolaridad: EE.UU. y la nación asiática negocian como iguales.
«La Civiltà Cattolica» —revista jesuita de Roma considerada representativa de las visiones del Vaticano— publicó el siguiente texto, recordando la firme postura de la Iglesia al denunciar la ilegitimidad de la actual guerra en Medio Oriente*.